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Miguel Ángel Maldonado Rivera – Un retrato

 

“El que hace lo que ama y ama lo que hace, está benditamente condenado al éxito”.

- Facundo Cabral

 

Miguel Ángel Maldonado Rivera, conocido en el mundo de la fotografía como Miguel Maldonado, nació en las montañas del pueblo de Naranjito. Era la época en que los juegos funcionaban no en virtud de baterías ni de programas computadorizados sino con las destrezas motoras: bicicletas, patines, canicas, “gallitos” de algarroba, carreras monte adentro, escondidas en las copas de los árboles, chapuzones en ríos de frías aguas cristalinas a las que se tiraban desde lo alto de un puente como Dios los trajo al mundo.

Representaba el ocio más sano excepto cuando lo practicaba en horas a las cuales debía estar sentado en el pupitre de la Academia Santa Teresita. Lo que Miguel necesitaba era conectarse con las imágenes de la naturaleza de su entorno; cuando no podía, la atención se desviaba de la pizarra hacia el condiscípulo más cercano para hacerle una de sus maldades. La oficina de la directora era el destino seguro hasta que su estricta madre llegaba y, tras impartirle su merecido, se lo llevaba al hogar tirándole de las orejas.

De la travesura infantil pasó a la adolescencia curiosa. Nuevamente, su curiosidad no se satisfaría en el salón de la Escuela Superior sino jugando billar fuera del horario escolar y, para no perder la costumbre, en horas de clase también. De regreso a la casa pasaba por una joyería donde siempre veía una cámara en la vitrina y se detenía a contemplarla. Era una Olympus Trip35 que costaba $45, suma astronómica en aquel entonces y en aquel lugar. Sin embargo, le dijo al joyero que él se compraría esa cámara. Con su mesada de 25¢ diarios y $1 en ocasiones especiales, ahorró hasta que la compró.

Aunque con su primera cámara tomó varias fotos, no era lo que quería. Miguel estaba interesado en el mecanismo, sentía curiosidad por saber cómo esa cámara capturaba una imagen. Comenzó a desmontarla para verla por dentro y comprender cómo entraba la luz: adiós cámara. A simple vista no lo vio y comenzó a buscar en los libros que explicaban cómo la imagen entraba en la caja negra y se grababa. Era el camino que lo llevaba hacia el dominio de la fotografía, pues no se puede olvidar que la mayor parte de los grandes descubrimientos de la Humanidad se han hecho gracias a la observación paciente. Hubiera sido paradójico que la fotografía, esa técnica basada en la captación de la imagen, no debiera también su nacimiento a la curiosidad del ojo humano.

Varias cámaras después –cuya suerte invariablemente fue la misma- ingresó a la Universidad de Puerto Rico donde llegó con libros, con gran respeto por toda forma de vida y, claro, con una cámara. Eran los turbulentos años 70 riopedrenses de motines, del grito de “asesinos” que silenció una bala policíaca para acallar la verdad proferida por Antonia Martínez, de la trova de Roy Brown, Taoné y muchos otros espíritus alborotados por la época. Y Miguel estaba allí con su lente porque el joven estudiante ya sabía intuir lo próximo que acontecería; todo era muy similar al golpe de agua de un río, cuando las aguas furiosas se abalanzan de un cantazo y arrastran y golpean, y desarraigan toda vida a su paso.

Aunque era estudiante de la Facultad de Humanidades, en esa época aprendió revelado con Edwin Bermúdez, un buen amigo que trabajaba y estudiaba en la Universidad del Sagrado Corazón. En los bajos de su casa hizo un laboratorio y la misma curiosidad de siempre lo llevó a investigar la mecánica del revelado. Hizo un “pinhole camera” con una cajita de fósforos, le insertó un pedazo de negativo, le hizo un pequeño hueco a la caja, salió a la luz, abrió y cerró la caja y logró tomar una foto.

Finalmente -varias facultades, películas y fotos después- se graduó de Bachiller en Artes con concentración en Educación, pues sabía que era el campo donde conseguiría trabajo. Ejerció el magisterio un año en la escuela Juan José Osuna, en Hato Rey y después se fue a trabajar a su pueblo. Se compró una Canon AT1 manual y tomaba fotos del voleibol, de caballos de paso fino y de trovadores. La venta de las fotos que tomaba en el fin de semana le generaba casi los mismos ingresos que el empleo de maestro. Luego comenzó a trabajar con el fotógrafo Emilio López quien se lo llevó a su estudio de revelado. Cuando Emilio no podía ir a tomar fotos, enviaba a Miguel; después que el cliente veía el trabajo, pedía que enviara a Miguel. Así llegó a la Fundación para Puerto Rico, a Claridad, al San Juan Star, El Nuevo Día, a revistas, catálogos, retratos de dignatarios, libros y todo tipo de material impreso. Con la misma serenidad con que observaba el entorno natural de su pueblo, y con la misma paciencia con que desmontó las primeras cámaras que tuvo, Miguel sale a tomar fotos. No son fotos de instantes congelados en el tiempo. Son imágenes que muestran la esencia del ser humano, el espíritu que habita en cada objetivo, la energía vital que mueve el mundo. La luz de su fotografía viene de la misma fuente de donde viene su luz interior, de todos lados. Y de todos lados lo llaman, día tras día.

En Miguel se acaba el debate en torno a si la fotografía es una técnica que se puede dominar mediante la adquisición de destreza en el uso o si es el dominio artístico que requiere de sensibilidad creativa y de talento natural. El éxito del profesional de la fotografía se forja cuando el desarrollo técnico-instrumental permite cierta autonomía de las “capacidades espirituales” del hombre detrás de la cámara, un Miguel Ángel...

                                                                                                                       A. C.